Hace unos días, en una conversación trivial, una joven mujer—contagiada con el virus de la modernidad del absurdo—comentaba que en este país las mujeres del sector laboral son indispensables para salvar la economía nacional “pues estamos en crisis y las mujeres somos una población más numerosa, y en cierto o muchos modos somos más responsables. Tenemos más “garra” como profesionistas”.
Minutos antes, a la susodicha mujer, le habían notificado de la escuela de su hija que debía ir a recogerla cuanto antes y que además, le entregarían toda la documentación escolar para facilitar la mudanza de la criaturita a otra institución. “¡Válgame, y eso por qué!” Dijo sorprendida aquella mujer contagiada por el virus del absurdo, “Ignoro los motivos, pero creo que usted está exagerando ¿Qué pudo haber hecho mi…” y la voz en el auricular la interrumpió para hacerle saber que su retoño había llegado esa mañana mordiendo, escupiendo e insultando a sus compañeros quienes gritaban desesperados—aparte de tener ahora evidencias visibles de la agresión—, y que a la educadora de su grupo, también le había tocado al menos un puñetazo entre la miscelánea de eventualidades en medio del descontrol, sin dejar de enfatizarle a la joven mujer moderna que era lo último que le aguantarían. Entonces, ¿Por qué el asombro?…
¿Qué edad tiene la niña? Pregunté. “Cuatro años” me dijo… “y ya no se qué hacer con ella”. Al escuchar su comentario opiné más que por impulso, instintivamente: ¿Qué hacer… te preguntas? Pues ser su madre de verdad… preocuparte más por hacer de ella una ciudadana responsable y preocuparte menos por la economía del país ¿sabes por qué? Porque un país requiere primero de ciudadanos respetuosos (valor esencial), para que haya una sociedad que funcione adecuadamente. Se necesitan—según el orden cósmico—primero, hijos forjados en la buena crianza; que sean individuos sanos física, mental y emocionalmente; y luego, por ende, sobrevendrá—posible y/o probablemente—la solvente economía…
La escuela resuelve parte de la formación de los hijos, pero la familia es, ha sido y seguirá siendo el pilar de la sociedad, no nos equivoquemos, ya hay demasiadas equivocaciones andando por las calles con pistola en mano devastándolo todo a su paso, y ”vale decidir no tener hijos, se vale” como afirma una amiga mía profesionista de amplia experiencia, ejerciendo día a día en un Colegio donde la educación temprana y la estimulación de párvulos vende mucho, pero “las madres ahora no quieren hacer mucho, sólo quieren que el Colegio este abierto los 12 meses del año porque en los días de asueto no saben qué hacer con ellos”.
Que nos preocupe el país, si, es un deber, pero antes, la primera preocupación debiera ser que quienes son madres se preocupen por vacunarse contra el contagio de la irresponsabilidad materna, bajo la pancarta de la modernidad, y ponerse a trabajar en forjar hijos con responsabilidad social sustentable, hijos felices, hijos con un código de valores, y eso empieza por la casa. No sea que mañana te llamen de la escuela como a esta mujer moderna y te digan que tu hijo(a) mordió, escupió, cacheteo o hizo peores cosas… y ya no habrá reversa que cure el absurdo. Lo hecho, hecho estará sin mucho remedio.
Es hora de vacunarnos contra el virus de la modernidad absurda, y contagiarnos de la sensatez acorde a nuestra naturaleza humana. Y que los hombres se ocupen por impulsar la economía del país y de cada hogar, mientras las madres se ocupan de impulsar a los hijos—desde el regazo materno y con la “garra” que presumiera aquella mujer moderna en la conversación trivial que tuvimos—de darles el buen ejemplo de cómo comportarse y ser los constructores de un mundo mejor. Y si no es así, “se vale decidir no tener hijos, se vale” como dijera mi amiga experta, y quienes ya los tienen por favor, apelen a la sensatez, y por piedad a ellos—sus hijos—fórmenlos como Dios manda desde casa.
FIN
Tere Topete

